Oráculo

Ilustración de Delfos
DELFOS · Gerhard, Eduard

Un cuerpo subalterno de administrativos se encargaba de registrar los hechos acaecidos en el pueblo en el mismo instante en que sucedían. Al empezar la jornada, el personal, compuesto principalmente por una camada de prontos becarios, recorría las calles asignadas de forma paralela e ininterrumpida. Mientras uno de los subordinados conducía el carro repleto de carpetas, el otro, por lo general de rango superior, cumplimentaba la documentación correspondiente.

Según el manual operativo, debía priorizarse el registro de los actos más nobles, así como de los más patológicos. Cada discurso u opinión requería un acta con la transcripción exacta, como prevención ante la creciente hipocresía. También existían formularios más específicos para movimientos mercantiles, así como para defunciones y crímenes. Cada documento debía contener únicamente datos verificables y formulados, a ser posible, conforme al marco regulatorio vigente.

No obstante, por un error sistémico que la cúpula aún no ha identificado, ciertos eventos quedaban consignados antes de su ocurrencia material. La mayoría de los vecinos sostenían que, de no ser por la premura con la que esos lacayos conducían el carro, tal anomalía podría evitarse. Algunos procuradores lo desmienten: afirman que solo podría tratarse de un fallo de coordinación y que, en cualquier caso, deberían haberse sometido a un exhaustivo proceso de peritaje.

Al hacerse público tal fenómeno, los becarios empezaron a ser interrumpidos constantemente durante las rondas. La mayoría de los viandantes imploraba registros futuros de tribunales u hospitales. Sin embargo, estos asaltos rara vez tenían éxito, pues el carro solía detenerse por unos instantes, lo justo para la consignación. Con el tiempo, las interrupciones se concentraron en el lugar designado para el almuerzo de los ujieres. Allí se habilitó el primer Archivo de Consulta Anticipada, junto al mercado y a la salida de la iglesia. Pronto comenzaron a formarse colas, por lo que la dirección ordenó aligerar la contratación de subalternos y ampliar hacia un horario nocturno.

El servicio no tardó en atraer a especuladores de la bolsa, que conocían de antemano el cierre de las operaciones, aventajándose del arbitraje. Por este motivo la cúpula acabó censurando cualquier registro mercantil. Del mismo modo, dejaron de consignarse actos de amor, pues estos eran la principal fuente de litigios en los divorcios futuros.

Sin embargo, el incidente que obligó a la disolución del departamento fue el de un hombre, que solicitó su propio certificado de defunción, adjuntando evidencia sellada de una muerte inminente. La solicitud activó simultáneamente dos procedimientos antinómicos e inexcusables. Ninguno de los cuales contemplaba la posibilidad del otro. Esto generó malestar entre el funcionariado, que se ausentaba constantemente de sus deberes con tal de discutir el caso.

En el último asiento del archivo consta que el interesado, a efectos de concordancia registral, fue citado para ratificar su identidad, firmar la declaración jurada y, de forma voluntaria, someterse a ejecución pública mediante fusilamiento.