Návrat

Muerte del centauro Quirón
QUIRÓN · Garbieri, Lorenzo: Muerte del centauro Quirón

Dominika Svokoda, paciente de su marido Marek, aguardaba en el arcén con una pequeña maleta. Cansada y sedienta, propio del pesar de una madre primeriza, solo deseaba poder dormitar durante las próximas seis horas del viaje. Mientras el motor se calentaba, Marek fue comprobando, una a una, las provisiones: los bidones de queroseno, la fiambrera, la carpeta con documentación y, en especial, dos termos colmados de café negro.

Catorce días de permiso le habían sido otorgados por su «demostrada voluntad para la salvación del pueblo». Sin embargo, la misma mañana se hizo eco de una amarga noticia, que retrasó lo inevitable de su partida: un tullido más proveniente de Ostrava, cuya muerte, como la de la mayoría de los admitidos, se presentía por las enfermeras como irremediable. Pese a ello, tras una apresurada cirugía, el paciente exacerbó de una alegría eterna, retorcida también por la falta de anestesia. El propio Marek no soportaba tal expresión, y se excusaba del quirófano cada vez que la presentía. Él mismo preferiría morir ante tales circunstancias. Una posición muy cómoda para un médico, pues conoce bien las consecuencias de los muñones y las heridas; las infecciones y los gusanos que poblaban la sangre de sus pacientes.

Interrumpido solo por el traqueteo asmático de la correa, repasó de nuevo la lista. Abrió la puerta y acomodó a su esposa en el asiento. Mientras se abalanzaba sobre ella para ajustarle el cinturón, Dominika le propició un beso. —Intenta dormir, querida. No hay nuevas noticias sobre el frente. Llegaremos pasada la medianoche. La besó de nuevo. Al salir se sacudió el abrigo, este negro y desgastado y desempañó el retrovisor con la manga. Seguidamente consultó la ruta en una pequeña libreta, en la que registraba cada una de las salidas aún accesibles según la administración. Echó un vistazo alrededor, aseguró el cerrar de la puerta, la ausencia de humo en la chimenea y suspiró al cielo. Un gesto que solía irritar a Dominika, pero que estaba demasiado cansada para reprocharle. A sabiendas de ello, Marek entró en el coche.

Despidiéndose de su ciudad se imaginó los postes como grises estandartes, los transeúntes como partícipes y el pitido circular de las alarmas, como ridículas orquestas de honor. Mientras su copiloto reposaba en silencio, él detenía su mirada alejada del tráfico, en los roídos edificios, respondiendo mecánicamente a las señales, semáforos e impertinencias. En tanto los bloques de hormigón dejaban paso a las extensiones agrícolas, la carretera perdía su novedad de asfalto. A veces era posible avistar la sombra de arboledas y el reflejo de pequeños embalses. Siempre, al parecer, distantes del camino, lo suficiente como para no distinguir las señales de sus nombres.

Dominika llevaba unos 15 minutos jugueteando con la radio. Le gustaba buscar emisoras extranjeras, de aquellas que muestran acento y ponen canciones alegres, inentendibles, en cualquier caso. Bien es cierto que alguna vez hablan de excesos o atrocidades. O al menos de eso cree que hablan, guiándose por el tono atroz de los locutores. Cuando esa percepción nublaba su pensar, simplemente cambiaba de frecuencia. Muchas veces ni siquiera era preciso, pues la señal se perdía y tambaleaba, transformando las voces en ruido o interrumpiendo la canción con otra distinta. Llegado el punto en el que descifrar la radio y el paisaje ya era inútil o aburrido, era común para ambos ensoñar sobre el futuro próximo (y sobreestimar su voluntad para ello). Principalmente sobre su estancia fuera del hogar: el cómo saludarás a tu suegro, cómo le hablarás de tu honorable ocupación. Cómo, se te ofrecerá bebida, pero la rechazarás el primer día. La aceptarás cuando te permitas coger confianza; y le hablarás entonces bondades de su hija, de su esperada nieta, y de vuestros planes futuros. La conversación los llevaba a inundarse ante un destino aún más incierto. —Cuando acabe todo… querida, terminaré la escuela de medicina y … ¡estudiaré alemán! Partiremos a Suiza, amor, allí podrás continuar con la Academia. — Solo imagina a la pequeña jugar por allí… — Marek solía rondar la idea de convertirse en el Oficial Médico del Regimiento. Un puesto siempre bien considerado. Él mismo recordaba cómo nombraron a una calle en honor a su difunto abuelo, quien ostentaba el mismo cargo. Tal calle ya no existía, al menos con ese nombre, debido a la posterior replanificación del distrito. — ¿Cerraste la ventana del altillo? — Marek asintió pasivamente una mentira.

Entonces la carretera se hizo densa, abarrotada. A solo un par de kilómetros del cartel de abandono de provincia, un horizonte rojizo privaba la noche. No era posible imaginar un final sobre aquella hilera tras la niebla, pues esta nunca llegaba a imponerse. Un pequeño puesto fronterizo era el cuello de botella ocupado de administrar y redirigir todo el tráfico proveniente de la capital del Okres. Varios guardas, galardonados con fusiles cabizbajos, aligeraban el tráfico apartando coches sin el permiso. Familias arropadas con largas mantas colapsaban las húmedas cunetas. La luna abarrotada de falso rocío, era una molestia constante para ambos, que intentaban mantener su atención al frente, sin mirar a los afectados. Dominika rompió el silencio—No revisan los maleteros grandes —apuntó—. Solo los que parecen vacíos.

Tras apurar el café de uno de los termos, un guarda se aproximó a la ventana. El otro permanecía inquieto, reajustando el arma. Marek accionó rápidamente la polea. —Documentación. — ordenó, apuntando su rostro desde abajo con una linterna. —Servicio médico del Ejército Popular, tercer regimiento. Tengo el permiso. —falseando la voz. —Acérqueme la documentación. — insistió, levantando ligeramente el cañón del fusil sobre la ventana. Recogió torpemente la carpeta posada sobre la fiambrera y se la entregó, evitando cualquier mirada inquisidora. —No habrá servicio antiaéreo esta noche. — Hizo una pausa terrible. —Tome la última salida acordada. Marek se dignó a asentir en silencio. Los guardas inspeccionaron los bajos del coche. Al acabar se dirigieron al vehículo adyacente. —Documentación. — Esta vez a lo lejos.

No fue hasta agotar el termo restante que consiguieron llegar hasta el puesto. Allí, según el cartel previo, prometían libertad de paso firmando su partida y requisando pasaportes. Marek no objetó ante tales directrices; se trataba de un trámite posiblemente temporal; pensaba recuperarlos en cuanto terminara el permiso. Dominika hacía rato que semiconsciente preguntaba que cuando partirían de nuevo, solicitando con cariño algún bocado de la fiambrera. En esta ocasión, al aproximar ambas ventanillas, otorgó sin mediar palabra lo solicitado y le fue devuelta la firma.

Desaparecieron los gritos y los tumultos en las cunetas. A ambos lados, las tierras yacían congeladas y blanquecinas. Devolvían la luz de los focos en destellos breves. No había ningún poblado cercano, pero de vez en cuando surgían enormes y vigilantes torres, faros que señalaban hacia el exterior de la frontera. El tráfico, que provenía ahora en intensas ráfagas y desapegos, incomodó a Dominika, que se agarraba el cuello a fin de tomarse el pulso de forma errática. Una vez cesó, volvió a dormirse, esta vez apoyada en el hombro de su marido.

Pasaron horas, y neurótico, Marek empezó a revisar la libreta cada vez que descifraba algún cartel en la vereda. Hacía tiempo que había perdido la noción de distancia. Ahora se arrepentía de no haber corroborado sus apuntes con el último funcionario. Por un lado, la sucesión de salidas parecía cuadrar con lo escrito, sin embargo, desconocía la mayoría de los desvíos, o al menos con ese nombre. Además, algunas señales se ocultaban con bolsas negras, otras directamente se habían derribado, haciendo imposible la tarea. En tal caso, Marek se limitaba a suspirar mientras su mujer le acariciaba la mano receptiva, que reposaba sobre las palancas. Recuperó la confianza cuando símbolo por símbolo corroboró un cartel esta vez iluminado. Llegaron solos a lo que era la carretera secundaria. Donde la grava y el asfalto se entremezclaban, y el ruido del motor se enmudecía.

Un opresivo y cíclico dolor se fue apoderando de Marek. Con tal de ignorarlo, se recreaba en lecciones pasadas. Todo aquello que, ordenado en columnas y categorías, permitía descartar crisis convulsivas, agudas anoxias y episodios asistólicos. Apenas recordaba a qué cuerpo habían pertenecido tales síntomas. El dolor regresaba puntualmente, haciéndole endurecer las manos contra el volante.

Ante el retrovisor, dos persistentes luces colapsaron la noche. Marek ajustó el espejo torpemente, quejándose de la ceguera. Una vez avistó la sombra que se acercaba, la reconoció al instante. Estaba seguro de que era el mismo modelo que patrullaba las zonas fronterizas. El mismo que de vez en cuando traía milicianos a la clínica. —Necesitarán refuerzos. —apuntó. El vehículo se alejaba y acercaba de forma incesante, como si fuera incapaz de mantener una distancia concreta. Marek, que lo consideraba una actitud burlona, consultó de memoria las anotaciones. No recordaba otro cuartel por aquella zona. No había motivo alguno para que un convoy de tal calibre malgastara combustible. —¿Buscarían algo? ¿Habría algún error en los papeles? La humedad empezó a supurar bajo su vientre, casi empañando las ventanas. —Si fuera así ya nos habrían parado. —murmuró Dominika.

Marek marcaba sus uñas contra el volante. Cada salida que dejaban atrás era un alivio efímero, disuelto en cuanto los faros también la ignoraban. Cuando apenas se habían acostumbrado, al llegar a una extensa recta, un estruendo del motor les anunció el adelantamiento. Marek alcanzó a ver al copiloto, que giraba la cabeza con intención. Aún recelaba de que intentaran impedirles el paso, como en una emboscada, y pretendió acelerar. Pero pronto las luces desaparecieron, hacia una carretera desde entonces sombría.

A unos cuantos kilómetros emergieron marcas como frenadas contiguas. El cielo se tintó de plomo, a su vez se recortaban las sombras de varias chimeneas industriales. Del quejido solitario de los hornos empezaron a desprenderse lo que parecían ser voces, murmullos graves y repetidos, casi órdenes reconocibles; que se solapaban en el aire con golpes sobre el metal ardiente; y un tedioso y constante bramido de lo que seguramente eran simples operarios. Dominika dormía profundamente, inmóvil. Marek prefirió no molestarle.

No llegó a extinguirse. Era un zumbido persistente que parecía acompasar su presión torácica, como si ambos obedecieran a un mismo ritmo defectuoso. Pendiente de corregir su trayectoria, no podía evitar pensar en cómo unos dulces segundos de sueño convertirían la carretera en una cinta dócil, sobre la que avanzarían por inercia. Finalmente entornó sus ojos, buscando reducir el mundo a lo estrictamente necesario.

De entre la niebla emergió una figura desorientada, semblante a una mujer. Permanecía inmóvil, el cuerpo torcido, el cuello girado sin revelar el rostro. Desconcertado, Marek ralentizó el coche, bajó la marcha, la ventanilla, y observó la escena como si de un resplandor se tratase. A unos pocos metros, un vehículo perfectamente volcado, atravesado por la baranda de hierro. En la tierra se derramaba un líquido negro y viscoso que recordaba a la sangre. Ningún grito acompañó el paisaje. Marek encendió y apagó los faros de forma intermitente. Al tragar saliva, notó el temblar de su propia lengua. El vehículo seguía exhalando un olor acre oscuro adheriéndose a su garganta. No demoró en inundar el coche. Dominika se inclinó hacia adelante. Se desabrochó uno de los guantes y, apoyándose en la ventanilla, lo dejó sobre la teñida escarcha. —¿Qué era eso? —murmuró sin abrir los ojos. Marek demoró en responder.

Tiritando, se revolvió al pensar que, en alguna de las ráfagas de tráfico, alguien sí se detendría; llevaría a la mujer hasta el puesto fronterizo y allí la atenderían. Tendrían que hacerlo. Pensó también que hacía kilómetros que varaban solos, que quizá no volvería nadie hasta dentro de horas, incluso hasta el amanecer. En cualquier caso, no habría en qué ayudar. Ciertos pacientes simplemente no responden ante hemorragias de tal calibre. Él mismo recordaba casos donde la adrenalina sostenía el respirar y los gestos de una vida tan solo aparente. Al final, los informes trimestrales confirmaban una tasa de supervivencia totalmente irrisoria.