Proteus
Cierto grupo de doctores de la Universidad de Salamanca fue encomendado con la tarea de reconstruir el lenguaje humano, bajo la ingenua hipótesis de que los humanos alguna vez habían necesitado del habla para comunicarse. Hacía tiempo que formas más eficientes de transmitir conocimiento habían prevalecido, relegando el habla a una curiosidad meramente arqueotécnica. Como consecuencia, los repositorios semánticos se abandonaron y la gran mayoría de bibliotecas tenían ahora un uso un tanto más humanitario.
Con tal de proceder con la investigación, solicitaron acceso al remoto archivo de la facultad. Hacía al menos doce generaciones se desterró a la sala de los bedeles, y que su expansión, por términos operativos, había sido abolida formalmente. Los Fondos Estatales financiaron el despliegue de numerosos terminales de computación, los suficientes para albergar el propio archivo cinco veces completas. Estos serían los encargados de contener el modelo y las escrituras.
Tras la consolidación de un corpus significativo, se decidió dividir cada cláusula en una secuencia de símbolos discretos. Los documentos enteros, formados por tales cláusulas, eran concatenados en vectores dispersos como fruto de una autoría única. Su arquitectura consistía en cuarenta mil millones de parámetros distribuidos en matrices escalonadas de pesos sinápticos. Cada parámetro era, en rigor, una probabilidad condicional: la expectativa de que cierta secuencia de signos precediera o sucediera a otra. El equipo había decidido dejar atrás cualquier tipo de modelo basado en ortodoxas reglas. Tampoco contemplaba ramificaciones de entramados lógicos, ni pautas gramaticales. Estaba exclusivamente formado por la memoria de todas las adyacencias posibles entre palabras que alguna vez fueron registradas.
Durante la validación, se estableció una señal aleatoria inicial; la generación posterior quedaba enteramente sujeta a relaciones condicionales internas. Tras incesantes horas de ajuste autónomo de los nodos, el modelo llegaba a replicar, sin que el equipo llegara a comprenderlo, el mecanismo por el cual un hablante anticipaba una palabra a la que precedía, consiguiendo formar oraciones completas. Estas se concatenaban secuencialmente, generando estructuras lingüísticas indescifrables, indistinguibles de aquellas que, en la antigüedad, se atribuían al pensamiento humano. Sin embargo, al intentar reconstruir la trazabilidad, se constató que ninguna combinación de documentos anteriores permitiría su aparición, ni siquiera como límite estocástico del modelo.
A partir de entonces, cada consulta documental producía un conjunto distinto de escrituras que, al ser registradas, pasaban a integrar parte del archivo. Desde ese punto, ningún discurso pudo ser considerado anterior al modelo y la noción misma de documento quedó reducida a un efecto transitorio de la inferencia.