Desde lo alto
Milena fue la única en despertar a la hora acordada. Los demás compañeros aún dormitaban desperdigados entre el sofá, las literas y habitaciones. Se vistió con la misma ropa del día anterior y arregló su cabello ante un amplio espejo del pasillo.
El alto balcón, que formaba una esquina perfecta y se abría ante una cruz en la carretera, cautivó enseguida su mirada. Era la primera vez que tenía la oportunidad de observar la ciudad desde un punto de vista tan privilegiado; casi céntrico, tan cercano al mercado y las oficinas, donde el bullicio matutino empezaba a formarse. Desde allí, empezó a observar el tráfico como quien contempla una colmena. Hileras de vehículos que permitían el transporte de alimentos y personas; las mismas que los bares, las tiendas y los despachos aguardaban antes de empezar una jornada.
Lo primero que llamó su atención fue cómo se organizaban esas diminutas figuras. Aquellos grupos de mujeres, que portaban una bolsa plegada al entrar en la pescadería, y salían con un carro repleto, con sus ruedas chirriantes ante la grava. Pensó también en cómo detrás de cada vehículo debía haber un conductor, manejante de palancas y pedales, que controlaba la maquinaria de tal forma que el tránsito nunca llegaba a colapsarse. Reparó después en los repartidores, los camiones que invadían la calzada y los semáforos ajenos a cualquier urgencia.
Sin embargo, bastó una sola imprudencia, la cual no supo decidir si fue o no deliberada, para que tal aparente orden se perdiera: un conductor estuvo a punto de arrollar a una mujer y a su pequeño. Esto ocasionó a su vez un alboroto, que se amplificó a saldo de gritos e insultos. Pero que tardó poco en disolverse ante la presencia de un guarda, armado con una enorme pistola, la cual causó gran inquietud.
Una vez resuelta la escena, su atención se tornó hacia la conversación que emergía en la sala. En el mismo espejo alguien se ajustaba un abrigo idéntico a un uniforme. Mientras se recogía el cabello, emitía pequeños suspiros y preguntaba sobre los demás. Entonces las voces comenzaron a superponerse, los rostros a ceñirse entre sí. Tomaban turnos y cometían también pequeños atropellos e imprecisiones. Las manos adoptaban posiciones atrevidas, mientras alguna risa emergía nerviosa. En tal instante le pareció advertir cómo esa maquinaria que manejaban no era distinta: eran sus labios y sus gestos, el tono y sus palabras. Los saludos, las caricias y los besos, todo conformaba pequeñas herramientas del hacer social. Protocolos de una singular coreografía que se grababa en sus entrañas, cuyas acciones le parecían conectarse de forma recíproca. Como si de una forma natural se les hubiera conducido a aquel lugar extranjero, hablando viciosamente. Sintió que no partían de una elección visible, y que allí yacían, desayunando, definidos por inercia más que por una voluntad ajena.
Cuando en la sala advirtieron la presencia de Milena, esta volvió su rostro y se fijó de nuevo en la ciudad, que recuperó enseguida su tumulto. Esta vez detuvo su mirada en los rascacielos que colapsaban el paisaje. Empezó a imaginar, quizá por el mismo vértigo, esas mismas relaciones por encima del asfalto; en las consejerías y ministerios, donde los alcaldes y gobernadores ejercían su poder a través de máquinas secuenciales, jerarquizadas. Muchas de estas máquinas ya no dependían de engranajes o palancas, sino de requisitos firmados y documentación correcta; sostenidas a su vez por subordinados: papeletas y sobresueldos, teclados y teléfonos. De esos trámites surgían contratos, con arrendatarios y ejecutores, y de ellos, la delegación de la violencia y el desarraigo. Esta misma violencia recaía sobre otras máquinas o interesados, que terminaban por ejecutar órdenes atómicas. Toda decisión se materializaba como una secuencia infinita entre nodos y procedimientos, que compartían información y que también la omitían; a voluntad o en su contra.
Al intentar aferrarse de nuevo ante el bullicio, se tambaleó frente a la baranda, precipitándose al vacío. Sus amigos solo se alertaron gracias al estruendo provocado por un camión de cerdos, que había arrollado, sin quererlo, el cuerpo de Milena.